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Fauna terca

Fragmento
Ahora abriga la piel y goza mucho lo profundo del cuerpo cuando el que entra es amado porque también ama. La boca se abre deseosa porque quiere recibir el alma que la otra boca le trae en el beso. Él quiere explicarme que aquella vez en el río, con Mercedes, no le importó. Fue sólo cuerpo contra cuerpo. Cae su lágrima sobre mi pecho y el breve estallido de la gota hace que sus ojos ardan en lo azabache de su mirada. No importa que Cristinita esté durmiendo en la cucheta de al lado. No se va a despertar. Apenas la cabellerita castaño clarísima asoma sobre la almohada. Ella sueña a salvo de la crudeza del mundo y yo sueño el mundo que debería haber sido nuestro desde siempre. Lo siento como la encarnadura que le falta a mi alma porque sé que será eterna la sensación. Toda mía a pesar de lo que no puedo dejar de ver. Esto que derrama dentro de mí es luz. Pura luz de su sangre. Veo su sonrisa y sus ojos enormes, redondísimos y negros, muy negros y nuestros. Pero es tan poco lo que va a vivir y tanto lo que va a pesar sobre su corazón si llegara a saberlo… Tan injusta es la muerte que viene como el destino que acosa a los que viven con culpa. Mío es el momento y nuestro el mundo que late, pequeño, en mí y en él. (cap. 6: Pequeño mundo)

Contratapa
Podríamos inscribir a este libro en por lo menos dos líneas de tradición, por una parte la de la novela patagónica, todavía con pocas manifestaciones (distante de la expansión que tuvo en esa vasta región, la poesía) en cuyo trazado Fauna terca, tanto en su temática como en su tratamiento, sienta un punto de partida. Doblemente interesante su condición de ser una de las primeras novelas que aborda los años de la dictadura en un territorio que fue refugio, escondite y espacio de disolución de tantos exiliados internos. Por otra parte, estamos en la tradición de las novelas sobre la dictadura, tradición que tiene ya un importante desarrollo en nuestra literatura. Los fantasmas de aquellos años que, por cuestiones generacionales, han tocado seguramente al autor de este libro y también a quien escribe estas líneas, han terminado por reclamar una vez más, un espacio para ser narrados. En este caso, el ambiente castrense, la jerga militar, la brutalidad de oficiales y subordinados, la represión, la escisión entre quien se es y quien se simula ser para correr menos riesgos, los recién llegados, los escondidos, las múltiples formas del exilio social, los nacidos patagónicos, las mitologías locales, la cadena desbocada de violencia y destrucción. Una pregunta y una hipótesis sobrevuela: el modo en que esa violencia social se traduce en violencia privada y -haciendo oscilar el fiel entre sociedad e individuo- condiciona el amor, la paternidad, las relaciones familiares. En esa terquedad de lo que hubiera podido evitarse y fue sin embargo inevitable, se sostiene la fauna de ejecutores y víctimas de una brutalidad de la que no se exime el paisaje, la geografía que condiciona la ya condicionada vida de todos los personajes. Violencia, violación, abuso, perversión, crimen, infanticidio, hechos que exceden todo aquello que se pueda decir y saber. Los fantasmas de la historia nos ofrecen un intento de comprensión de lo humano, el acceso a la intimidad de un poder capaz de manipular a sus víctimas mucho tiempo después de haberse extinguido. En eso se detiene una memoria que persiste, que se abre paso entre las culpas y el olvido, una memoria que tantos años más tarde recompone fragmentos de horror, imágenes de un pasado ominoso que nos pertenece.

María Teresa Andruetto

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