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Patagonia
satori
Abandonado junto a un viejo Renault gris
en el kilómetro mil quinientos setenta y ocho,
él teme que su reflexión no incluya al mundo
ni a ninguna discusión que afecte la problemática
del ser y del no ser.
Duda y su reflexión se pliega a la deriva del jote
que sobrevuela la sequedad de este páramo.
Tanto desde arriba como desde abajo, hombre y pájaro
se demoran contemplando una extensión infinita.
Para el jote, el ritual culmina cuando descubre el objeto
deseado
y su vuelo se inclina para precipitarse sobre la víctima.
En cambio para él todo comienza cuando entiende
que no existe otro objeto deseado
más que los motivos de su propia existencia.
Entonces reconoce que una filosofía inquietante
no debería cargar con el cuerpo de alguien que propone
una conjetura débil entre tanto abandono.
Así regresa al punto del cual nunca debió partir,
el cual acepta
como destino del único mundo que le toca vivir; el
que escucha
masticar al ave mientras la ruta continúa desierta,
mientras el tiempo se eterniza en una poética del silencio
y la espera vuelve a oscurecerse porque el pensamiento
no progresa y aquí no ha pasado nada.
(Jote: Ave de rapiña, especie de buitre, típica
de la fauna patagónica.)
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Solo polvo
Minúsculo el espíritu palpable
de aquello que en su génesis fue piedra
para luego evolucionar en su forma más volátil.
Flota el polvo cuando nos arrojamos sobre la cama.
Esparce todo su universo microgranulado
hasta depositarse sobre tu cabello.
Así, coronada por el alma de la Pachamama,
vas cayendo contra mí en tu versión más
liviana.
Entonces comienza la danza carnal,
la del polvo entre los cuerpos que sudan,
la que se evapora entre el frote barroso
de los muslos.
Deslumbra esta forma ya extendida en su plenitud.
(Es una calma plomiza la del polvo reposado)
Aunque bastaría un soplido seco, un compacto empuje
del aire contra tu pelo para que todo termine,
para que el mundo se torne impalpable;
como el impacto brutal entre dos piedras
que mueren una y otra vez
en su forma más volátil.
(Pachamama: Nombre que se le da a la Madre Tierra en lengua
quechua.)
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Visita guiada
Único monumento capaz de merecer el más alto
de los sacrificios.
La versión actual no ha variado sus antiguas formas
ni perdió la devoción de los eternos adoradores
que entregaron familias enteras, reinos, imperios,
por lograr uno sólo de sus favores.
Dos columnas perfectas sostienen la abundancia que ofrece
a quienes entran por primera vez, a quienes entienden
que la imponencia de su arquitectura es más que un
don gratuito
/ de la naturaleza.
Es casi un gesto del arte que procura poner en evidencia
la pequeñez del hombre ante la presencia divina.
Pero esas dos columnas y ese frente prominente
jamás fueron modificados.
Sin embargo, es original y universal en cada réplica
que invade con sus vestiduras este mundo.
Sus columnas abiertas, monolíticas, blancas y morenas,
son suaves y embriagadoras al tacto visitante.
Su frente palpable y maternal es la desnuda versión
que ha conocido media humanidad a través de la carne.
Es casi la derrota del pecado por el pecado mismo.
Es toda la opulencia monumental expuesta en una sola
pieza modelada por antiquísimas curvas.
Esta noche, he llegado una vez más ante sus puertas
para contemplarla dormida en mi cama
con todo el frontispicio y los relieves de su arquitectura
dibujando la perfección absoluta
en un solo cuerpo desnudo.
¡Oh, Diosa! ¡Oh, Musa!
¡Canta la cólera del hombre empobrecido ante
tu sexo,
obediente a la divinidad besable de tu boca gótica,
renacentista, barroca, moderna y posmoderna,
por los siglos de los siglos!
Ten piedad de mí.
Cúbrete un poco el rostro.
No sea cosa que me vuelva y tu cuerpo sea una sólida
pieza de sal y mi corazón agua, mucha agua.
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Ojo raso
La frágil fibra del ser, la más líquida
del ojo,
acompaña el trabajo raso de la plancha
sobre la ropa húmeda.
El vapor sopla su gordura y la mirada se alza
entre la bruma para buscar el vestigio
más delgado de la noche.
Por allí pretende fugarse la memoria del alma,
por esa fisura oculta, la que debería explicar
el misterio de esta pregunta doméstica.
Pero el que observa entiende que no hay visión
perpleja del mundo.
Entiende que existe un mundo ciego que se aterra
de lo que no puede ver y vuelve sobre sus pasos,
así como la palabra también se arrepiente
y borra su propia escritura hasta dejar al lenguaje desnudo
de sentido.
O tal vez sí exista una memoria que perdure
más allá de la naturaleza del alma y la sobreviva,
así como el ojo que es abrazado por el párpado
nunca olvida el camino de lo que ha visto.
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Mea culpa
Entonces, en un papelito que te entregué, puse:
1) Entiéndase machismo infame por cada ataque desesperado
que registré contra tu cuerpo, cada vez que tu boca
me sometía indefenso, minúsculo, frente a la
multitud.
2) Denúnciese como ingratitud el triunfo brutal que
declaré
bajo el acta carnal de tus piernas, cuando por fin te pude
y sólo el campanario de la parroquia golpeó
más duro
que mi corazón.
3) Escríbase desencanto ante el registro de esta nómina
hipócrita
que vengo a confesarte ahora a espaldas de nuestra historia.
Entonces vos, bajo lo más blando de la noche,
guardaste el papelito y no dijiste nada.
Te quedaste callada, con la cabecita así, inclinada
sobre tu pecho;
como el temblor que se quiebra cuando te ve llorar.
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Una naranja
El cuchillo recorta circularmente la naranja
bajo su cáscara.
Hace correr el jugo entre el filo y la pulpa,
marcando el cauce de un camino líquido
que rodea a la fruta para venirse a tu mano.
Viéndote ejecutar esa maniobra, pienso que
algo terrible ocurriría con mi corazón
si tu apetito cayera en desgracia.
Ese movimiento giratorio, ese descascarar
en crudo para llegar al brillo de la pulpa,
daría con la parte más débil de un hombre
y la desnudez de su sangre brotaría hasta
manchar sus ojos de la manera más vergonzosa.
La diferencia la marcaría el ángel que mueve
tus manos.
Porque la fruta gira entre tus dedos para que
su carne se abra por entero a la luz.
En cambio, un corazón se pudre si no se lo corta
en el momento preciso.
Queda dudando lejos, cavado en una ruina oscura,
a treinta y cinco centímetros por debajo
de la boca.
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Vuelo abierto
La mecánica natural del alma
hace que las pequeñas miserias
se conviertan en el riego natural del ojo.
Gota a gota trabaja la tristeza mientras el llanto
activa cada parte, cada minucia ordenada
en la memoria del dolor.
Entonces viene tu abrazo, tu súplica,
y el llanto avanza, transforma tu pérdida
en un sufrimiento líquido.
El ojo se cierra y la gota viene a colgarse de tu nariz.
Cae, y antes de estrellarse, forma en el aire un mundo
ausente de nosotros; un mundo transparente
que alcanza a brillar, a sacudirse como si estuviera vivo,
a reflejar dos rostros sorprendidos que no comprenden
cómo la naturaleza puede perder algo tan bello,
tan perfecto a la hora de reventar y que no los contenga
en cada astilla de agua que vuela cuando se abre.
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Copia fiel
No fueron suficientes las piedras que recogí
para marcar este territorio.
Además, la madera que señalaste guardar para
el fuego
nunca calentó el hogar y la cama continuó tan
blanca
y abierta como hasta ahora.
Todo este trabajo fue en vano porque los días continuaron
envejeciendo en sí mismos.
Pero lo que resultó verdaderamente inútil
fue el animal que me ordenaste domesticar:
esta bruta representación que come de mí
para alimentarte cada noche.
Después de la luna comienzo a dar vueltas en redondo
y golpeo ceremonialmente el lomo contra los bordes.
Así voy al apetito de mi memoria donde hay un día
idéntico a éste, un día con un tipo contando
las piedras
apiladas junto a la leña, al mismo tiempo que acaricia
a un animal cuarentón que habla raro
y que dice resultarle familiar
tu voz cuando te escucha.
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