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La virtud del que escribe
se reduce a un punto de apoyo.
A un amor que lo sostiene cuando dice
agua de polvo o aire de plumas.

El que escribe necesita amor para mover al mundo,
y el mundo confía en su corazón,
en el cálculo de los cuerpos en movimiento,
en la pasión con que sostiene una utopía.

En verdad, utopía, no es más que una palabra para empujar,
y él empuja como quien debe trabajar mucho para beber
aire de plumas o agua de polvo.

Sólo para que el amor sea un punto de apoyo
y el trabajo una apasionada virtud.

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Mundo terrible la geometría.
Todo lo que resta es un círculo,
una línea volviendo a su origen,
una figura creada para sabernos
sobre un espacio seguro.

Todos contemplamos la redondez
de esa línea, pero festejamos el vacío,
no la línea.

Así nosotros: un punto sobre otro.

Imprudente ciencia, dicen, y alguien
olvida la luz; ama la sombra que borra.

Entonces la geometría estalla.

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Todo pensamiento no barrido por la belleza
es un teorema muerto.
Un fuego quemado en la palabra frío.
Después, un hilo de humo que se eleva
entre la niebla.

El hombre que sólo piensa y celebra su teorema
es madera seca.
El poeta; viento que dobla el humo,
llama que lo provoca.

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*
La mujer que nutre el amor de un hombre
corre el riesgo de asomarlo a un vacío,
de abandonarlo en la impaciencia del vértigo
para luego caer en el reposo de su corazón,
como el cielo que baja hasta su cuerpo y nunca
es suficiente para cubrirlo de la palabra que diga:
confía en el aire ( en la caída que es poca)
y flota como una nube, pero más alto.

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Tu amor no respeta el arte del pensamiento.
Es más, tu boca es el ahogo de todos los teoremas.
Es el principio que quiebra la vara de Arquímedes
en el agua.
Es el cálculo preciso de dos cuerpos que se alcanzan
en un espacio no proporcional a sus límites.
Dos cuerpos que trazan el arco de tus piernas
para anudarse en un punto,
para demostrar que el único teorema posible
es el infinito que se somete a tu cuerpo.

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Lo húmedo de tus muslos permanece
en lo profundo de la sangre.
Sabor que asume el sexo para acabar
con esto que vuelve a ser boca abierta
contra tus piernas, cuerpos que se sacuden,
agua que habla de fiebre que muerde,
de sequedad que retorna a los labios.
Punta de lengua que ondula, que reinicia
en la pausa lo húmedo, lo que permanece.

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Amo la gota de tu cuerpo,
la que mi lengua descuelga
de tu cuello,
la que se expande en la espera
y protege la fragilidad del agua,
la que bebe el roce de los dedos,
la que advierte; no digas palabra,
sólo desea la sequedad del que ama
la lluvia que no alcanza.
Sólo desea la sequedad del que ofrece
la pasión en el calor de la sed,
en la gota que se anuncia desde la boca
y tiembla.

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*
Ha decidido no alumbrar más,
dejar de vibrar como hasta hoy.
retirar las manos a los bolsillos
y ocupar el tiempo en la sensualidad
de aquella mujer que se cruza de piernas.

Pero ella tampoco alumbra como es su costumbre.
Porque tratándose de poesía, el tiempo sabe.
La mujer sólo responde con una gota de sol
entre los dedos y lo toca suave, como una palabra
que le falta a la boca.

(él, muy tarde, descubre que las sombras
son lágrimas que se mueren)

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estudio sipécu